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¿Qué sabrán, idiotas, qué sabrán?

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Mi padre nunca había confiado en mí. Me amaba, lo veía en sus ojos, pero era incapaz de  decírmelo.  Siempre lo vi como la figura autoritaria, la ira, el miedo, los gritos, los golpes, los golpes… Hay huellas que no se borran nunca, como hay miedos que jamás desaparecerán.  Aprendí a vivir con mi pasado, con mi soledad, con todas esas cicatrices que sabes que nunca se van a curar. Aprendí que lo importante no es el libro, sino las lecciones, aprendí a ser infeliz desde los cinco, y supe que el dolor no era más que el camino a la fortaleza.  Me  vestí con camisas de once varas aún siendo inocente y asumí sin rechistar las culpas de actos que no cometí. Mis mayores delitos, ante sus ojos, podían resumirse en ‘haz la letra bien… deja de llorar por nada…cuando yo te hable baja la cabeza’. Fui prisionero del miedo de cualquier mirada, de cualquier gesto de rabia y cree en mis adentros el ideal del ‘no sirves para nada… serás siempre un fracasado’, y lo peor de todo es que llegué a creérmelo, y no hay nada más peligroso que creer.

Me empecé descubriendo a los siete, tumbado sobre la hierba fresca de mi jardín, bajo el nogal de mi abuela.

Ahí había paz, no estaba mi padre.

Ahí había libertad, no estaba mi padre.

Ahí había silencio, no estaba mi padre.

El olor a pan fresco, a leche, a mermelada recién hecha, a pasteles, a vino hervido, son mi abuelo.  La risa, sobretodo la risa, las caricias de sus manos agrietadas, las 14 horas de trabajo que no importaban, su dedo pulgar en mi mejilla cuando las lágrimas. Era la única persona capaz de abrazarme  y hacer suyas mis cicatrices. Tenía los besos de una madre, el brillo de sus ojos, el orgullo al verme crecer, al ver cómo me hacía fuerte, como empezaba a leer poesía  hasta que llegaban los gritos… y los golpes… y las lágrimas… y mi abuelo bajando la cabeza… y apretando los puños.

Hay ‘te quieros, todo irá bien y algún día serás feliz’ que duran para siempre.

Hay te quieros que se han ido para siempre,

todo irá bien que son mentira y

algún día serás feliz que son ojalás en la boca de quienes te aman.

Eso aprendí con mi abuelo.

A los nueve la poesía ya era refugio, Eminescu, Cosbuc, escribían sobre sus infancias, sobre todo aquello que yo no había tenido. Encontré mi casa, mi hogar, en los libros. Empecé a sentir el odio, la impotencia, la cruda realidad del poder de una botella sobre la mente y el cuerpo de mi padre. Me convertí en adulto aún siendo niño, y hoy día hay quien me dice que madure cuando me atrevo a mostrar a mi yo infante. ¿Qué sabrán, idiotas, qué sabrán…?

Mi madre. Mi madre. Mi madre. Me habría matado de no ser por ella. Mamá era el escudo, era la riqueza, era la felicidad, era el amor, era todo lo que yo no tenía.  Mamá me aislaba del mundo acariciándome el dolor, mamá me besaba allá donde sabía que no llegaría nadie. Mamá era mi vida, mis años, mis pasos, la brújula, mamá era perderme entre mis bosques y mis árboles, subirme a manzanos y arañarme las piernas, bañarme en el río, pescar sueños entre las nubes, era ‘cabeza alta hijo mío, pues solo así verás el camino sin darle importancia a las piedras’, ‘tú serás feliz y encontrarás el amor’, ‘no importa que me duelan las manos y los pies, no importa nada, todo lo hago por ti’

 

Y vuelta a mi padre. Siempre vuelta a mi padre. Hasta los dieciséis. Hasta que mi hermano. Hasta que mi padre fue un padre. Hasta que el ‘lo siento…’  y  el ‘ojalá me perdones algún día’.

 

Y entonces paz.

Entonces yo.

Entonces sentir y escribir.

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