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El Hombre de los Cordones Desatados
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El Hombre de los Cordones Desatados

Era un lánguido sujeto tan sigiloso como las lágrimas de pez en el más vasto de los océanos. Su movimiento era imperceptible, sublime. Se podía decir que era invisible y que únicamente se podría apreciar si llevaba puestos los zapatos, ya que sus cordones se percibían desatados y, por alguna extraña razón, este hecho llamaba la atención de todas las miradas impertinentes. Y, como todos hemos pensado, sí, al final pisó ese cordón indefenso por el olvidadizo momento de no atarlos más fuertes cuando debió hacerlo, y claro, se calló. Con una rodilla tocando el suelo y apoyado de una sola mano, se levantó y se pudo ver unas raspaduras sin importancia. Miró a su alrededor y la gente reía, aunque ese sujeto tan insólito no entendía el por qué; se agachó de nuevo y ató con ansia los cordones de sus zapatos, después sonrió, de nuevo sin entender, y siguió caminando.

Ese día fue un punto de inflexión que hizo que su transparencia cogiera color, era más bien un ente traslúcido con zapatos atados y ya se podía advertir también un sombrero de ala… Era tan grande ese ala que un día salió volando y se esfumó de su cabeza. La gente, como esa última vez, lo miró, riéndose a carcajadas de su cabeza despeinada y su cara ingenuamente asombrada de esta situación. Salió corriendo tras el sombrero, tapándose los oídos para no oír el estruendo de las risotadas atornillando su cabeza. Fue cuando, entonces, ocurrió algo inesperado. Se percató que su sombrero había desviado su destino, había acabado en unas manos blancas y delicadas, de un sujeto muy opaco de belleza inexpresable y que su sonrisa no se perdía en su rostro alargado. Le devolvió el sombrero de manera apacible, como si se tratara de un cristal tan fino como el alma del translúcido. Éste se había enamorado y se volvió de nuevo transparente, más diáfano que nunca, con cordones desatados y zapatos de piel cochambrosa. Se puso el sombrero y el invisible y la estatua marmólica, fueron felices…

…Un tiempo, no para siempre. No estoy relatando una película de amor y aquí corto el guión. No.

Entre llantos y sollozos, el hombre incorpóreo y lánguido desapareció de golpe, convirtiéndose en una figura más opaca que la madera de roble del árbol más robusto de la selva más antigua de la tierra, con la que algún día hicieron los barcos que hacen que los peces lloren. Se transformó en una persona, ahora sí, en una persona de carne y hueso donde el corazón bombeaba sus penas con garra por cada rincón de su cuerpo, y esto la gente lo podía observar, reír, dañar, señalar o, con suerte, ignorar. Se desfiguró hasta ser un humano más agarrando un escudo que, fuertemente, se aferraba a su muñeca. Aún, este escudo era de madera. Digo “aún” porque después se había vuelto a olvidar de sus cordones algún día que se levantó más alegre de lo habitual y que le traspasaba más la luz; y es cuando volvió a caerse, en esta ocasión de bruces, ya que tenía las manos ocupadas en sujetar ese objeto tan pesado. La gente reía y reía, y el escudo, después de casi desaparecer en ese día de desacostumbrado entusiasmo, evolucionó a acero inoxidable. Un acero, que ni la persona más contenta del universo conseguiría liberarlo de sus manos.

Creció y creció, no tan triste como pensáis, vivió como un sujeto mundano más: se casó, tuvo hijos, trabajaba,tenía muchos amigos… No era exactamente infeliz, pero siempre estaba alerta. Alerta para que no se rieran de él, atento a mirar sus zapatos para comprobar que estaban atados, procuraba no ponerse su sombrero de ala favorito y se peinaba engominado por si un día salía y se encontraba con un vendaval. Neurótico por no querer parecerse a los que le rodeaban, todos opacos con sus escudos, de carne y hueso bombeando preocupaciones.
Una mañana, se levantó de la cama y se miró al espejo. Se vio algunas canas en el pelo y asomaban ínfimas arrugas… Sonrió más que nunca para verse esas imperfecciones más hondamente, y prefirió ese gesto.

Pasó el tiempo, muuuuucho tiempo. Tanto que ya a nuestro personaje no le hacía falta ningún peine. Inesperadamente, volvió a ser un individuo lánguido, caminante transparente, con su sombrero de ala favorito sobre su cabeza canosa despeinada, con los cordones de sus zapatos desatados y con una sonrisa enorme -inapreciable para los demás porque era invisible-, entró a una tienda y se compró unos zapatos sin cordones.

Caminó.
Sin caerse.
Sigiloso.

 

“Pero es precisamente el débil quien tiene que ser fuerte y saber marcharse cuando el fuerte es demasiado débil para ser capaz de hacer daño al débil”

La insoportable levedad del ser, Milan Kundera

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