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Maniobras
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Maniobras

Me levanté y saqué mi plan de escapismo, guardado en el bolso junto al lápiz de ojos: «Se necesita médico para misión en la Antártida”. Era temprano, las 6 o las 7 de la mañana, y la ciudad se estaba poniendo en hora. No le di tiempo a las calles a que pasasen lista, me fui antes de que sonase el despertador.
El cielo de Madrid está demasiado alto, como si los edificios no le dejaran bajar, como si le pincharan. El ruido también está demasiado alto, los pensamientos se abruman, se hacen pequeños y se esconden. Y hay demasiadas personas, que tiran hacia uno y otro lado, con sus manos pequeñas y múltiples, con sus garras como alfileres que se prenden en la piel e insisten.
Llevaba unas zapatillas rojas e iba mirando al suelo porque el rojo sobre gris queda muy estético. Papeles de chicle, colillas, negro de sucio entre las baldosas, publicidad y, sobre todo esto, mis zapatillas rojas. Mientras iba a la estación se abrieron los bancos, los kioscos, las panaderías, las oficinas de empleo, los vendedores de cupones; se abrieron las señoritas de atención al cliente y los clientes, los supermercados, las oficinas de hacienda, las fotocopiadoras, las peluquerías caninas y los gimnasios. Se abrieron las puertas y la gente circulaba. Ellos se quedaban y yo me iba. Me daban ganas de decírselo, de ponerme delante y gritar: «adiós, adiós, me voy…» Una mosca moviéndose entre los muñecos de una maqueta de tren.

Fotografia de cabecera: @KIKE_CHERTA en instagram

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