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Una parte de ti
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Una parte de ti

Llega un momento en la vida en que te sientas delante del espejo, te miras a ti misma y te preguntas ¿pero quién eres? Y puedes responder con un un nombre, un apellido, una montaña a tu espalda, una nacionalidad, un color de pelo, de ojos, de piel, una carrera profesional, hasta con el perfume que te pones cada mañana. Pero esa no eres tú. Y te quedas mirando más adentro, ahí en la mirada, y empiezas a descubrir un pliegue, un espejismo, un túnel hacia la oscuridad, una sonrisa, una cicatriz, una lágrima, un por qué, un recuerdo.

Llega un momento en la vida en que te sientas delante del espejo y comprendes, que lo que eres, lo has dejado en una habitación, en el bosque, en la carretera, en la playa, en una ciudad, en la universidad, en el trabajo, en la mirada de otra persona, en una caricia, en un amor de verano, en el que dolió y se fue, en el que ni si quiera llego a ser, en todas las poesías que escribiste y siguen enjauladas en el cajón esperando a poder ser, en todos los retratos que hiciste para que se quedasen inmortalizados en el tiempo.

Llega un momento en la vida en que de verdad te das cuenta que el amor si duele es porque no es amor, que si te ata es porque cobarde de si mismo se niega a ser, que si te hace pequeño y frágil es por que no te comprende, si te tiñe de culpabilidad es porque necesita de una excusa marchita para poder ser. Eso, en el fondo de esa mirada que te devuelve el espejo, sabes que no es. Y sabes que lo que si es, lo llevas guardado dentro, y no necesita nada más que de libertad y una sonrisa, pero no en la cara si no en el corazón.

Llega ese extraño momento en que sabes que has ganado guardando todos los incendios que pasaban por tu corazón, ahí siguen, te sacan la felicidad del rostro cuando los recuerdas. Y llega ese momento en que con esa sonrisa sabes que ganas mucho más cuando te encuentras con otra persona ardiendo en solitario, y juntáis las miradas y sabes que es, y no hay mas. El incendio entonces es un universo entero.

Y es entonces cuando comprendes que lo que eres, no lo llevas dentro, sino está escondido, plasmado, sellado, en todo lo que tuviste fe, en todo en lo que diste tu alma, en todas las fotos que quedaron inmortalizadas, en un cuerpo, en tus amigos, en tu familia, en el espejo que te mira cada mañana y te dice, que lo que tu eres no sólo está en ti, si no en todo lo que proyectaste, en todos los pasos que aunque torpes y cortos, lograron alcanzar esa imagen con la que quisiste encontrarte.

Sabes que lo mejor está unido siempre de lo peor, y que para llegar más allá hay que haberse dado con los sucios cantos de la vida, haberse arrancado la lengua más de una vez, haberse dejado expandir el corazón y la esperanza, haber tenido miedo para poder ser valiente, para tejerte un traje lleno de coraje, lleno de espíritu, de ganas de vivir. Sabes que tener una vida adinerada no te hace tener menos problemas, que la gente que se acuesta con esa manta sobre el costado solo se esconden de si mismos, se apartan con una felicidad inmediata, efímera, y sabes que nadie es mejor ni peor, que la vida aunque injusta nos lleva a todos al mismo sitio, y sólo hay maneras de vivir. Tú eliges como.

Sabes que cinco minutos serán siempre así, como quieras que sean, están en la mano abierta del reflejo, pero no en un reloj, si no en el vacío, en ese intervalo de tiempo en el que decides no pensar en que todo pasa, y todo llega. En ese instante en que te miras en tu mirada, en la mirada de los demás y sabes que cada paso que diste es una batalla ganada al tiempo.

Y sabes que esa que te mira en el espejo es así porque no quiso ser otra, y en su paso tuvo que dejar muchas cosas en el camino. Y es así, somos en realidad todo lo que no quisimos ser.

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