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Miau
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Miau

El día en que convirtió a su hermana en gato había repollo para cenar. El niño recuerda el olor flotando por la cocina y a su madre llamándoles mientras escurría los restos de agua verde en el fregadero.

El niño ya había convertido cosas en cosas otras veces: gusanos en mariposas, leche en helado e incluso una vez, estando en primer curso, hizo desaparecer a su periquito. Cierto era que nunca había convertido a un ser humano pero ese día Margarita se lo merecía.
Lo hizo por la mañana mientras se lavaba los dientes, mirándola muy fijo desde el reflejo del cristal del baño. Ella parloteaba por su teléfono móvil, se ponía sus calentadores a rayas, su pintura verde en los ojos, su pendiente de aro en la nariz… se había vuelto muy mayor y muy tonta Margarita.
Después el niño se fue a clase, hizo un examen de matemáticas, cambió cromos en el patio y se comió su bocadillo de jamón y queso.
Al volver del colegio se encontró a la gata sentada en la puerta de casa. Una gata blanca con ojos verdes que se lamía presumida la cola.

Sus padres primero se enfadaron, luego se asustaron y luego se pusieron tristes. Pero nadie miró al gato. Todos los adultos se volvieron locos esos días: subían, bajaban, entraban, salían, colgaban fotos de Margarita por el barrio, llamaban mucho por teléfono, lloraban, aparecían en televisión y no paraban de preguntarle al niño si estaba bien. Pero nadie miró al gato.
La policía estuvo varios meses paseando a diario por el jardín. Sacaron las cosas de Margarita de la habitación y luego las volvieron a meter. Pero nadie miró al gato.

La gata estaba tranquila, bebía mucha leche y dormía encima de su cama. Por la noche salía por los tejados. Si el niño le ponía música de The Doors, ronroneaba. Si echaban películas de amor en el televisor las miraba fijamente con sus ojos verdes.

Cuando escucharon al niño llamarle a la gata “Margarita” sus padres le llevaron a ver a un psicólogo. El psicólogo le dio pastillas rojas. Las patillas le daban mucho sueño, así que el niño empezó a llamar a la gata “Josefina” y le dejaron en paz.
La vida continuó. Las visitas a la televisión de los padres se espaciaron hasta desaparecer, la policía dejó de pasear por el jardín, los carteles con la cara de Margarita los taparon anuncios de coches de segunda mano y supermercados a buen precio.
Cuando el niño se hizo mayor y fue a la universidad se llevó a la gata con él. Colgó para ella un poster de The Doors cerca de la ventana. Le explicaba derecho avanzado por la noche y la gata daba golpes en la mesa con la cola.

Fotografía de cabecera: @kike_cherta en Instagram

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