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Revelación
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Revelación

Por fin, se besaron.

En ese momento se abrió el suelo y emergió despacio un enorme unicornio rococó. A pesar de lo que pudiera aparentar, parecía muy macho. Su piel brillaba reflejando el movimiento cobrizo de lava y fuego sobre el que venía ascendiendo. En su cuello, desde las crines blancas, nacían lágrimas de plata que humeaban en vapor de cristal al contacto con el calor subterráneo. El cuerno que remataba su cabeza era rosa fosforito y estaba adornado con plumas en forma de tres constelaciones: Andrómeda, Orión y, absurdamente (o no), Pegaso.

Mientras que el animal se elevaba, una música celestial y atronadora sonaba a su alrededor. Elfos enanos tocaban cornetas y tambores mientras que pequeñas hadas brillantes levitaban con ellos, manteniéndolos con su magia suspendidos en el aire. De vez en cuando, también se animaban a cantar con algún gorgorito agudo para acompañar las notas de sus compañeros.

Acompasándose a la orquesta fantástica, los ojos del unicornio lanzaban ondas arco iris que cegaban todo lo que había alrededor. Finalmente, al detenerse ante la pareja, un rayo verde cayó con su trueno avisando así de su presencia, por si aquella puesta en escena no había sido suficiente.

La chica separó sus labios del chico y miró al ser mitológico inquisitiva. El unicornio negó con la cabeza. Entonces la joven se desprendió de su amante y marchó calle abajo.

—¿A dónde vas? —preguntó el joven desconcertado.

—Perdona— dijo ella sin detenerse —.Es que con ese beso no he sentido lo que debía.

Confuso, el chico la observó perderse entre la gente y la luz mortecina de la ciudad. Miró a su alrededor para descubrir alguna respuesta pero solo recibió la cotidianidad de la noche y la indiferencia de los transeúntes. Se encogió de hombros y, con pesadez, descendió a través de las escaleras del metro hacia el caluroso centro de la tierra.

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