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Carta que se escribe en la palma de la mano.
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Carta que se escribe en la palma de la mano.

Te echo de menos.
Estoy ebrio de apatía y, sin embargo, te echo de menos. Me he ido para intentar encontrarme y sigo viéndote a ti en cada parálisis del sueño que sufro incluso estando despierto. Hoy me he mirado al espejo y me he sorprendido esperando que aparecieras tú, pero sólo he visto una burda imagen de lo que creo que soy conmigo y sin ti.

Joder, no estás.
Y yo ahora estoy sobrio de apatía y te echo de menos. Estoy masturbando a la pena con tus fotografías para ver si así se ríe. Me acuerdo de tus bragas de cuadros y me echo a sonreír yo. Tan niña y tan mujer.. 

Joder.

Qué estarás haciendo ahora. A quién le darás los buenos días y a cuántos tus mejores noches. No estás, pero no te has ido y acabarás haciéndolo. Con quien sea. Con cualquier gilipollas que valdrá la alegría más que yo la pena. Algún iluso de esos que se creerá en la cima cada vez que te acaricie el pecho; que querrá dormir en tu ombligo como si su frente, acaso, encajase con tu cuerpo desnudo; que se bañará en tus piernas y se mojará en los lunares que nunca te conté y no por falta de tiempo, sino porque jamás pensé que éste nos faltaría.

Qué estaré haciendo ahora. De quién aceptaré los buenos días y quién pasará de mí en mis peores noches. Estoy, pero creo que me he ido. A donde sea y todavía no sé si solo o conmigo. Ojalá me mande una postal para saber a dónde cojones estoy llegando. Una postal que acabe hablando de ti y te traiga de vuelta como si eso fuera lo que quiero. ¿Qué es lo que quiero? ¿Escuchas todo lo que te cuento? Espero que sí, porque ya sabes que no me gusta repetir las cosas. Aunque contigo no me importaba hacerlo cientos de veces por esas manías tuyas que me ponen tan nervioso. ¿Dónde estarán tus manías? Me siento como Jim Carrey en El Show de Truman, pero con menos gracia. Me tiro al sofá que tantos secretos nos guarda como si así consiguiese tenerte aquí un par de horas, y recuerdo tus manos de niña siempre buscándome con esa necesidad de sentirse absuelta. Tu tono de voz cuando en lugar de piedad implorabas picardía. Las distintas formas de mirarme que inventaste en tiempo récord. Tu boca. 

Tres veces “joder” cuenta como “te quiero”.

No me hagas mucho caso; sé perfectamente lo que escribo.
Joder.

Ojalá te hubiera sacado a bailar.

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