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Historias del mar congelado (I)
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Historias del mar congelado (I)

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Ha anochecido y en la oscuridad las estrellas parpadean tan fuerte que se dejan oír sobre el silencio del muelle. Y del mar. El mar embravecido está congelado. Las olas son como estalactitas sobre el muelle que atraviesa el agua helada sin romperla, porque es el mar el que le está dando su gélido abrazo, atrapando barcos pesqueros en posiciones extrañas, paralizando el rugido que quiere engullir la tierra.

De camino al horizonte, un oso blanco da cabriolas sobre el hielo. Baila, salta haciendo mortales y siempre aterriza con gracilidad. Su peso quiebra el hielo y, a veces, se sumerge en el agua fría para, de un brinco, volver a danzar sobre el mar perfilándose con la luna que observa desde el firmamento. La imagen del animal moviéndose con elegancia, de su pelaje húmedo reflejando la luz selenita, es hipnótica para los tres hermanos que miran desde el borde del muelle con la boca abierta. Tres tipos achaparrados y bien vestidos que se abalanzan sobre el hielo y caminan hacia el oso expresando intenciones sinceras, pero deshonestas:

—¡Lo vamos a matar!—dice uno frotándose las manos.

—¡Lo vamos a destripar!—avisa el segundo acariciándose el mentón.

—¡Venderemos su piel al peor postor!—sueña el tercero quitándose la chaqueta y lanzándola sobre el hielo.

El oso les ve venir y detiene su baile. Bufa molesto cuando a su alrededor tres pequeños hombres elegantes tratan de golpearle con distintas técnicas. El primero lanza puñetazos desde lejos, el segundo minúsculos bloques de hielo, el tercero insultos faltos de creatividad y capacidad hiriente. El oso ruge y, de un zarpazo, deja tres cadáveres fríos y sin sangre sobre el mar pálido en el que vuelve a bailar.

Desde el muelle los tres hermanos lo ven todo y no se amilanan. Vaya que no, eso no quedará así. Ningún ser vivo les mata y vive para contarlo. Así que saltan al mar helado, recorren los escasos kilómetros hasta el oso blanco y exclaman a la noche sus honestas, pero falsas, intenciones:

—¡Lo vamos a enamorar!—promete el primero con gesto de político.

—¡Lo vamos a abrazar!—se emociona el segundo comprobando la amplitud de sus brazos.

—¡Le daremos algún que otro beso!—susurra de una forma algo siniestra el tercero.

El oso ya les espera sentado sobre sus patas traseras, bostezando cuando les ve moverse de forma descoordinada. El primero empieza a recitar a Bécquer prometiendo que la rima es suya, al segundo le da miedo acercarse para rodear al animal con sus brazos, así que solo se tambalea con las palmas muy abiertas; y el tercero lanza besos con la mano como si fuera un amante pasajero. “Oh.¿Cómo voy a soportar esto?” piensa el oso tedioso. Y de un zarpazo, los cadáveres de los tres hermanos caen, fríos y sin sangre, sobre sus otros tres cadáveres.

Comienza el amanecer y el oso se sumerge antes de que el hielo desaparezca bajo el calor del sol. Por la noche volverá para intentar bailar, por fin, con la única complicidad de la luna y sus estrellas.

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