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De Cosas Escondidas
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De Cosas Escondidas

No sé bien dónde me lo dejé.

Tal vez fue la primera vez, trabado en algún ojal de su camisa al desabrochar cada botón.
O tal vez la primera noche en el hueco de la escalera de la discoteca, porque se me cayera al suelo cuando la vi sonreírme al ver que la esperaba allí.

No sé si fue entero o me lo dejé a trocitos esparcido a besos en la piel cuando memorizaba con los labios el mapa de las curvas en su cuerpo, para no perderme o estrellarme, y se colaron entre los poros.
Sería en su cintura.
O su espalda.
O sus piernas.
O sus manos.
O su pecho. Yo qué sé.

Podría estar entre los huecos de sus dedos, donde encajaron tantas veces los míos cuando las manos paseaban juntas por Madrid, hablándose a caricias mientras nosotras callamos.

O que se cayera dentro de sus ojos cerrados o en el hueco de su boca entreabierta, buscando en los suspiros las palabras que no dijo, jugando al mentiroso con ellas aunque nunca gane, o perdido entre promesas perdidas y, como ellas, no sepa volver.

No sé si lo esparcí a pedazos cuando la llevé a casa y se lo comieron los cuervos (o los búhos) por la noche, porque después no encontré el rastro que me llevara de vuelta.

Tal vez lo escondí en su maleta para que se lo llevara, y después no recordé por qué.
O tal vez lo tenía ella y me dijo que estaba escondido, como el suyo, y de tan bien escondido que estaba olvidó dónde lo había dejado. Puede que aún esté ahí, esperándola.

No sé dónde lo dejé, será que perdí (también) la cabeza. Ya no importa. Estaba roto, y me hice otro que empieza a funcionar bien.

No sé dónde lo dejé, pero si lo tienes tú… quédatelo. Era tuyo.

 

Autora: Cris Mangalobos.

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