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Vida sólo hay una

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indigena

El sol empezaba a ponerse lejos en el horizonte. Kalu y Marúa habían estado explorando toda la tarde en busca de aventuras como hacían cada día al salir de la escuela. Vivían en un pequeño poblado a dos días de la capital, en la casa verde detrás de la plaza. Kalu soñaba con ir a la ciudad algún día. Allí trabajaría como aprendiz de peletero y pronto abriría su propio negocio.

-Ya verás Marúa, ¡algún día seré rico y podré viajar por el mundo entero!

Su hermano pequeño le miraba con admiración. Nunca se cansaba de sus historias, siempre llenas de peligros imposibles de superar. Kalu era la persona más valiente que jamás había conocido, incluso más que su padre, que todos los días se adentraba en la selva para cazar serpientes. Una vez Kalu se coló en la cueva de un puma para jugar con sus cachorros y a los pocos minutos de salir, el puma apreció entre la maleza. Por suerte Kalu ya se había subido a un árbol y no le sucedió nada. Si su padre se hubiera enterado le habría encerrado en la casa durante un mes.

Otra vez fueron al río a buscar ranas para venderlas en el mercado y vieron un cocodrilo gigante. Kalu siempre decía que los cocodrilos eran tontos porque tenían la cabeza muy plana y ese día quiso demostrarlo. Entonces se lanzó al río y lo cruzó nadando. A Marúa casi se le para el corazón cuando vio al cocodrilo sumergirse en el agua y desaparecer.

Ese día tampoco pasó nada.

Marúa era incapaz de hacer esas cosas. Muchas veces quería impresionar a su hermano mayor pero todo le daba miedo. Desde aquella vez que tropezó en el pozo y se rompió el pie no volvió a hacer tonterías. Mientras le vendaba, su abuela se lamentaba por tener unos nietos tan desobedientes.

-¡Si es que eres igualito que tu padre! ¡Siempre haciendo lo que no debes! Vida sólo hay una hijo mío, no tengas prisa por terminarla.

Vida sólo hay una, pensaba el pequeño. Esas palabras se le quedaron grabadas en la mente. Cada vez que Kalu hacía alguna de las suyas Marúa oía la voz de su abuela repitiendo la frase ancestral: “Vida sólo hay una, no tengas prisa… Vida sólo hay una”. Él intentaba prevenir a su hermano pero este nunca hacía caso y se preocupaba más por impresionar a los otros chicos. Muchas veces le daban tanto miedo sus juegos que Marúa se quedaba en casa inventando cuentos o ayudando a su madre en las tareas. Raras veces se adentraba en la selva con el resto de muchachos y jamás se le ocurría salir de los límites del poblado.

-¿Y por qué quieres viajar por el mundo? En el poblado tenemos todo lo que necesitamos.
-Tú no lo entenderías…
-¡Claro que sí! Te recuerdo que dentro de tres lunas tendré mi iniciación, soy casi tan mayor como tú.
-Pero eso no nos hará iguales Marúa, nuestros espíritus beben de aguas distintas.

Marúa se quedó pensativo. Su madre siempre decía que el alma es el bien más preciado del hombre, y que cada una brilla como las estrellas buscando su lugar en el cielo. Él no comprendía el significado de estas palabras pero intuía que Kalu hablaba de lo mismo.

Ya casi era de noche y la cena estaría lista. Kalu echó a correr colina abajo y pronto desapareció entre la maleza.

-¡Kalu, Kalu! ¡Espérame!

De repente Marúa se vio sólo en medio de la oscuridad incapaz de distinguir las sombras de los árboles. Tenía tanto miedo que apenas podía moverse y los ruidos de la selva le hacían imaginar los monstruos más salvajes que relatan los cuentos de aquellas tierras. Se quedó allí sollozando un rato hasta que sus ojos empezaron a acostumbrarse a la oscuridad. Poco a poco desapareció el dolor punzante del pecho y comenzó a respirar con normalidad.

No era la primera vez que aquello le pasaba. Se alegró de que Kalu no estuviera allí para verle en aquel estado porque pensaría que era un cobarde. Y un hombre no podía permitirse aquel lujo. El lujo del miedo.

Al cabo de un rato llegó a la casa y sin probar bocado se fue a dormir. Soñó que corría por un sendero infinito y dos águilas de ojos negros le perseguían. De vez en cuando miraba hacia atrás y veía como éstas se hacían cada vez más grandes. Una piedra en el camino le hacía tropezar y las águilas se abalanzaban sobre él intentando sacarle los ojos con sus garras afiladas.

A la mañana siguiente los dos hermanos acompañaron a su padre a cazar serpientes como hacían todos los domingos. Su padre les enseñaba el oficio ya que algún día ellos tendrían una familia a la que alimentar..

-Ya verás Marúa, ¡hoy mataré mi primera serpiente y todo el poblado lo verá!

Se adentraron en la selva sin hacer ruido. Marúa iba el último, muy pegado a su hermano. No quitaba los ojos de las copas de los árboles, convencido de que en algún momento aparecerían las águilas. Llegaron a una zona frondosa y padre les señaló una rama donde descansaban dos serpientes bien gordas de un color verde lima. Esa piel se vendería cara en el mercado, pensó Kalu, y rápidamente se abalanzó sobre ellas con el machete en la mano.

Marúa todavía recuerda los ojos de su padre en aquel momento, abiertos como los de las águilas de su terrible pesadilla, y rígidos como los de los ídolos de las ruinas milenarias. El grito de Kalu fue ensordecedor. Una de las serpientes le había mordido en el brazo y se retorcía en el suelo casi sin poder respirar.

Perdió el conocimiento durante varios días, y finalmente tuvieron que cortarle el brazo ya que se puso todo negro y según el curandero el veneno se extendería por todo el cuerpo hasta matarle.

Después de aquello Kalu dejó de ser quién era. Se encerraba en su cuarto sin querer ver a nadie y rara era la vez que no se le oía llorar antes de dormir. Ya nunca hablaba de los viajes que haría por el mundo ni de los animales que cazaría para sorprender a las muchachas del poblado.

Marúa reconoció aquel dolor: se llamaba miedo. Él lo había sentido desde que tenía recuerdos y nunca había sido capaz de deshacerse de él. Sin embargo algo salió de su alma cuando comprendió que su hermano le había dado la espalda a la vida, y se prometió a sí mismo que le ayudaría hasta verle sonreír cada mañana.

A partir de entonces Marúa nunca volvió a sentir aquella angustia en el pecho. Seguía siendo precavido y jamás hacía las cosas sin pensar, pero poco a poco ganó confianza y entendió que a veces es bueno arriesgarse. Comprendió que las águilas no querían dejarle ciego, sino enseñarle a volar.

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