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María Sotomayor: Cuando llueven las palabras
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María Sotomayor: Cuando llueven las palabras

“Si al menos entendieras pequeño unicornio, que cada hoja que cae de un árbol es una estúpida belleza menos, sabrías que hay costillas en mal sitio de tanto ir hacia dentro.
Que hay órganos en el cuerpo que son mentira siempre, y que no seré yo quien me ate las manos en este misterio brutal de querer ver todo arder.
Así que puedes llorar todo lo que quieras, que los ojos en el cielo de los locos brillan tanto como una rama antigua mojada en leche fría.”

Yo soy una adicta. No tengo ningún problema en reconocerlo.

Soy a adicta a las personas. A ciertos seres humanos que vibran mientras respiran y tienen destellos de panteras hambrientas en los ojos. A esos seres que más que animales parecen universos y se pasan la vida aprendiendo a dolerse menos, mientras ríen y juegan y bailan con lo que de verdad importa. Probablemente a los locos, que no son más que niños que sí supieron cómo crecer. Que todavía permanecen semihundidos en la laguna de la sorpresa para que todo siga brillando con la novedad de los toboganes en los parques.

María Sotomayor es una de esas personas a la que siempre veo sobre un neumático que cuelga de una cuerda vieja. Que juega sobre sus cristales sin miedo a repararlos, pues siempre estuvieron rotos pero ella los cuida como lo haría una cierva encargada de preservar la tranquilidad del bosque. Parece que se esconde pero en realidad siempre está cerca.

La ausencia es el lugar donde María juega a no pisar la lava.

Cada poema que cae de su incesante amor por la literatura es una pequeña gota que se expande hasta inundar las aceras en invierno. Son todos esos charcos en los que queremos saltar hasta impregnarnos de cielo. Ese reflejo vasto que todo lo abarca pues cada palabra elegida es un pedazo de su cuerpo, una peca que representa a todas las mujeres que la amaron. A todas a las que no conoció, a las que aún viven. A todas ellas las envuelve con su corteza de árbol.

Su poesía es un pájaro que descansa en la inmensidad de los glaciares.

Y sí. Yo soy adicta.

Leerla es como bajar el volumen del mundo y durante unos segundos, flotar sobre la quietud de las vivencias mientras el silencio toma la forma de imágenes mojadas. Son paisajes inmóviles que descansan las consecuencias que siempre trae consigo la lluvia. Lo mejor de leerla es mojarse hasta confundir el oxígeno con la opacidad del hielo, y durante unos instantes, vivir dentro de él. Saber cuál es el sonido que emiten los segunderos rotos.

Estoy gritando es su primer poemario y para los que queráis visitar el hielo podéis seguir su blog Cartas desde Reykjavik. También está al frente de la editorial Harpo Libros junto con Marcus Versus. Pronto podremos disfrutar de su segundo poemario La paciencia de los árboles y de más proyectos que se avecinan porque esta avalancha de nieve no ha hecho más que empezar. Os dejo un fragmento de un poema de Estoy gritando. Y que llueva. Que lluevan sus palabras sobre el asfalto mientras dormimos.

“Estoy huyendo sobre la grieta

y escribo rápido mi adiós,

no sé de mi rostro,

sí de la lágrima que se resiste a tu vuelo,

quizás fue delirio masturbar al hombre sin control

y ver en los niños bestias horrorosas abriendo sus alas,

apenas me miento si escribo mi nombre con la boca llena de

espuma,

no sé bien separar el vello del pelo

y ahorcarme con él debajo de las flores,

que tengo frío para poder protegerme de la lluvia

desnuda y buscar excitada

el manicomnio en medio del pecho”.

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