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Te he mirado doscientas cuarenta y tres veces en un solo día
a través de una fotografía que no te mueve
y ya me sé de memoria esa mirada
que invita a un café de mejillas rojas
y risa tonta,
y a pasarnos la vida sin hacer trampas,
pero aún tengo pendiente
saber a qué hueles cuando tienes vergüenza
o cómo suena tu voz
si me desnudo en un abrazo latiendo contigo
o a qué sabrá tu alegría
cuando llores de emoción sobre mis recuerdos de niño
si fundimos algún orgasmo.

Tiene gracia,
no conozco ni tan siquiera tu nombre
pero me abrazo a la ley de atracción de Newton
que me invita a sentirme inevitablemente atraído por otro cuerpo,
y qué de tréboles debe haber engendrado mi suerte,
porque se han alineado los planetas
o puede que hayan volcado la Tierra,
que yo solo voy camino del tuyo.

Dime que sí,
que me vas a sacar a bailar,
y también los colores,
que esta vez no habrá balada triste de trompeta
al pisarme los pies con tus estrellas,
que el cielo va a seguir siendo azul
mientras tus manos sostengan mi esperanza,
que te gusto sin ropa
pero aún más con la poesía a cuestas.

Rétame con tus manos
a un juego en el que no tenga escapatoria,
en que mi única alternativa sea perderme en tu victoria.
Lame mi sudor, mis cicatrices y mi sangre
como quien cura su pasado con buenas dosis de presente,
y tiéntame,
que si nos tentamos recordamos a Benedetti
y así no nos podremos olvidar.
Vísteme de fiesta cada mañana
y desármame de monstruos
porque voy a apostarle a la muerte todas mis cosquillas
para construir entre nosotros
algo que merezca la pena
y
la
alegría.

Paro,
que se me van los suspiros
con tal de que selles tu pasaporte
en todos y cada uno de los rincones más encubiertos de todo mi cuerpo.

Paro,
pero ciérrame los ojos
y arráncame las pestañas en un parpadeo
que pienso soplarte como deseo.

Paro,
ya paro,
lo prometo que ya paro.
Porque puede
que de mirarte tanto al final acabe borrándote,
y no,
yo no quiero eso.

Yo quiero escribirte en verso
y comerme la r
y poner una b en el lugar de la v,
y contar veinte hasta anclarme en tu casilla,
y desordenar el alfabeto
para inventarme uno nuevo en tu vientre
y decirte palabras que no te hayan dicho
nunca
nadie
antes.

Por eso quiero arriesgarme
a ser
tu después
tu alguien
tu siempre.

Y si acierto al besarte,
¿versarás mi poesía?

 

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