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Dos paralelas

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plaza_mayor_2001

Fotografía de Javier Memba

Lo único que me gusta de madrugar los fines de semana para ir al trabajo es caminar por las calles vacías. Hace tiempo que dejé de ir por Tirso de Molina y procuro evitar la calle Magdalena para no cruzarme con los porteros del After del número 32. Prefiero atajar por la calle de la Cabeza aunque tenga más cuestas y enamorarme de la luz contaminada que se muere por penetrar en el enigma de los portales.

Procuro no pasar por tu calle, pero de poco me sirve ya que todos los adoquines tienen la forma de tu mandíbula y pienso que tú también los has pisado y te has tragado algún que otro jilguero de mimbre al ver en ellos otras caras igual de tristes.

Al fin y al cabo tan sólo somos dos paralelas que jamás van a juntarse porque hay sumas que no pueden arreglar el vacío que deja una resta, y equilibrios que sólo duran lo que dura un insecto frente a la luz de una farola en llamas.

Supongo que me he vuelto adicta a las mañanas de domingo caminando sola por el centro porque nada me puede acercar más a ti, ni a la humanidad de tus ojos de pantano. Nada puede doblegar ese centímetro eléctrico que siempre me separará de tu boca porque sé que el único amor que puedes darme es el del hueco inservible de las escaleras. Y yo, el del silencio de las calle vacías que recorro cada mañana con la esperanza de doblar una esquina
y encontrarte.

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