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MATAR EL TIEMPO en el cine
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MATAR EL TIEMPO en el cine

Recién llegada del 18º Festival de Málaga de cine español, Matar el tiempo ha aparecido misteriosamente en las carteleras de los cines españoles, apenas sin publicidad y con un sigilo casi absoluto. En ella, reconocemos a dos jóvenes actores para los que la película parece estar hecha a su entera medida, Yon González y Aitor Luna, hermanos en la vida real y en esta especie de thriller mal presentado y peor desarrollado.

Bajo la dirección de Antonio Hernández, con un número extenso de películas a sus espaldas que atestiguan su trabajo en el cine español desde hace varias décadas, se reúne un elenco más o menos conocido en una coproducción cuyo ritmo es difícil de seguir simplemente porque no existe.

Fotograma de Matar el tiempo.

Fotograma de Matar el tiempo.

Presentada desde un punto de vista que tarda en girar, la historia de Matar el tiempo resulta magistral por intentar guiar al espectador hacia un tema y después introducirlo en otro completamente diferente sin apenas avisar. Con una mezcla peculiar entre inglés y español, los personajes están perfectamente construidos individualmente pero dispersos en cuanto se ponen en contacto.

Una idea tan sencilla como un americano en Madrid, típico hombre de familia y de negocios, rico, muy rico, aparece bien resuelta pero la mafia barriobajera, la prostitución y el negocio de niños distorsionan el entramado, por no hablar de la mala ubicación de las imágenes; no aparecen suficientes datos para mentalizar al público del sitio en el que estamos viendo la “acción”. Todo es confuso al no dejar claro desde un principio el céntrico lugar y habrá que esperar hasta casi la mitad de la película para que aparezcan las acristaladas torres o la Plaza Mayor de la capital española.

Fotograma de Matar el tiempo.

Fotograma de Matar el tiempo.

Matar el tiempo ha sido juzgada con tintes americanos a la española. Este primer prejuicio sin razón tendría que quedar fuera de rango para hablar de esta película. Los actores están perfectos, empezando por Ben Temple, protagonista indiscutible que destaca por su elegancia y su firmeza, acompañado al otro lado de la pantalla por Esther Méndez, primeriza actriz cuya mirada enamora a la cámara y parece sentirse muy cómoda en su papel, defendido con seguridad. Los hermanos González y Luna no se quedan atrás y arrasan con su juego de interpretaciones.

Fotograma de Matar el tiempo.

Fotograma de Matar el tiempo.

Hubiera sido un mejor plan que el reparto acabara aquí, pues hay personajes que aparecen y no aportan ni preguntas ni respuestas; simplemente su presencia resulta casi nula en la trama que se va enredando sin parar, introduciendo algunos datos sin sentido y faltando escenas fuera del espacio común para reconocer las diferentes vidas de cada uno. Acaso nos guste reconocer a Luisa Martín en un papel transgredido y muy diferente a lo acostumbrado, pero pareciera que el resto de personaje se ha encontrado en un apartamento por mera casualidad, sin más explicaciones.

Aunque sin duda el mayor acierto del director ha sido la ventana virtual a través de la que se nos muestra lo que sucede, una pantalla de ordenador que ya reconocemos en otras películas pero que sigue resultando sorprendentemente buena para mostrar una acción como si experto voyeur fuéramos, como testigos mudos, provocando una intrusión en el espacio que nos muestra la cámara.

Fotograma de Matar el tiempo.

Fotograma de Matar el tiempo.

Los negocios y las complicaciones van apareciendo sobre una simple página web de chicas de compañía y se van acumulando en la gran pantalla con mucho desorden, amordazando en cada acción a la anterior. Aún así, da tiempo a respirar, a respirar mucho en estas casi dos horas de tiempo que hay que matar por haber pagado una entrada de cine.

Fotograma de Matar el tiempo.

Fotograma de Matar el tiempo.

Quizás Matar el tiempo funcione mejor en un público que se abstuvo de ver el tráiler o haber leído nada sobre la película. Quizás logre sorprender algo, quizás se vaya del cine por aburrimiento o a lo mejor se quede absorto en una historia que no decepciona si no va con ninguna perspectiva.

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