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La cultura del logro o cómo hundirnos la autoestima
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La cultura del logro o cómo hundirnos la autoestima

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Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.

Juan Martí

Mientras nos despertamos cada mañana intentando despegar nuestros ojos, mil voces en la cabeza nos apremian a no perder el tiempo, a construirnos un futuro, a hacer mil y una cosas, a no parar, a correr, correr y correr. No es que sea algo malo, ni algo bueno, todo depende del enfoque que le demos o, mejor dicho, del por qué lo hacemos.

Est@ chico@ tiene un gran futuro por delante, comenta la señora con el cruasán en la boca; va a conseguir grandes cosas, afirma el hombre que sostiene el periódico; que chic@ más inteligente, seguro que llegará muy lejos, dice tu abuela sirviéndote un plato de sopa. Todos esos halagos inofensivos cargados de buenas intenciones, no hacen más que aumentar la presión social que siente el ser humano día a día, la presión de ser excelentes o no ser nada. Pero esto no es ni tan simple, ni tan necesario.

Vivimos en una sociedad que nos empuja a la más brutal competencia por llegar a lo más alto, por ser los mejores. Nos enseñan a escalar sin mirar atrás, a expensas, muchas veces, de los demás; de otros seres humanos a los que al igual que a nosotros les han enseñado que hay que ser el más o nadie los echará de menos. Y es que no pensamos en que hoy tú trepas por la espalda de tu compañero y mañana otro trepará por la tuya, sin importarle lo más mínimo. Todo por lograr aquello que absurdamente creemos que nos va a glorificar.

El sistema está hecho de tal manera que nuestra única preocupación tiene que centrarse, independientemente de a lo que nos dediquemos, en llegar a ser el mejor en algo. Si haces dinero, tienes que hacer más dinero que nadie; si cantas, tienes que ser el mejor cantante del mundo; si tienes una familia, tu familia tiene que ser la más perfecta de todas. La cuestión es que nadie nunca te dice, ni te enseña a conformarte con aquello que realmente te hace feliz, todo lo contrario. Porque claro, si eres feliz, tienes que ser el más feliz de todos y así hasta que nunca sea suficiente. No nos instruyen en el arte de disfrutar aquello que hacemos, directamente nos mandan a propulsión a alguna meta descabellada. Y es que es absurdo pensar que todo el mundo va a conseguirlo. De hecho, ni la décima parte de nosotros va a conseguir ser el mejor en algo, por el simple hecho de que, como he dicho antes, estamos constantemente escalándonos los unos a los otros como hormigas. Y cuando llega el fracaso, ese al que tanto tenemos que temer, nos hundimos en la miseria y nuestra autoestima pasa a mejor vida. Porque claro, nadie nos ha explicado que el fracaso es relativo y que no es tan grave como lo anuncian.

El éxito de una vida no radica en lograr algo, sino en disfrutar de algo, vivirlo, amarlo y hacerlo a nuestra manera. El verdadero descalabro no es conformarte con un término medio, sino intentar ir a por más cuando ya eras feliz con lo que tenías, dejar de disfrutar de aquello que baila jovialmente ante nuestras narices y optar por la competición constante.

No digo, con todo esto, que no seamos ambiciosos o que no tengamos ganas de hacer grandes cosas. Simplemente creo que debemos entender que para cada persona la ambición tiene su límite y el significado de logro o éxito no es universal. Si eres médico de familia y estás feliz y a gusto con tu trabajo, no es necesario que te mates por convertirte en cirujano, tu éxito radica en el trabajo bien hecho día a día. No hay que dejar que nos hagan sentir mediocres solo porque no tenemos la épica vida que imaginaron para nosotros. No tenemos por qué plantar un árbol, ni escribir un libro, ni tener un hijo si eso no es lo que queremos. Podemos hacer solo una de esas cosas o ninguna de ellas y deberíamos ser capaces de ser igual de felices y sentirnos igual de plenos.

La famosa frase de Juan Martí está inspirada en un mensaje profético de Muhammad, mensajero del Islam, en el que se habla sobre la necesidad de dejar nuestra huella en el mundo, a través del conocimiento, el cuidado de la tierra o una descendencia con unos buenos valores; porque una vez dejemos atrás nuestro último aliento ya nada nos importarán las recompensas mundanas, los halagos y los aplausos, lo que quedará será nuestra huella y esta será importante para aquellos que vengan después. Como es natural, nosotros hemos acabado transfigurando la esencia de ese mensaje. No es necesario lograr grandeza para poder dejar grandeza. Lo que define nuestra huella en el mundo es lo humano que hemos conseguido conservar dentro de nosotros, la felicidad experimentada y la experiencia acumulada.

Porque al final, por más excepcional que haya sido la función, en algún momento todos se cansan de aplaudir.

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