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Ellos no lloran
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Ellos no lloran

Ellos no lloran, ¿sabes? Al menos no de la manera en que lo hacemos nosotros, echando un mar de lágrimas para aliviar la opresión de un pecho poco acostumbrado al peso de la realidad. Ellos no lloran, pero no porque no les duela, no porque sus corazones sean de piedra ni tampoco porque no les calen en los huesos las penas. No lloran porque no se pueden permitir ese lujo. Porque seamos claros, llorar es un lujo, digno solo de sibaritas como nosotros.

Las desgracias se pueden lamentar mejor desde el sofá y a distancia, a la que está el televisor concretamente. Nosotros suspiramos por ellos, ¡qué considerados somos! Y mientras, al otro lado, en la atemporalidad de una pantalla, ellos se desviven por continuar con vida; luchan, cuerpo a cuerpo, contra un inmenso monstruo, la guerra.  Lo vemos, lo oímos, lo sabemos y lo entendemos, por tanto lloramos. Ellos lo viven, lo sienten, lo padecen y  se quedan en shock, tiemblan de miedo, gritan de dolor, se manchan de cenizas y se secan la sangre, pero no lloran. Luchan, ellos luchan. Siguen adelante, por los seres queridos que han perdido o por los que deben proteger, por la casa que se ha convertido en polvo o por la vida que un día soñaron.

No juzgo, yo también lloro. Me encuentro una tarde encarada a la pantalla de mi ordenador, viendo un vídeo terrible enlazado a una noticia más terrible aún y noto como se humedecen mis mejillas. Pero ahí, en el rectángulo que tengo enfrente, dos niños, no mucho más mayores que mi hermana, caminan entre los restos de una ciudad vaporizada por las bombas, buscan vehementemente a alguien y gritan en un idioma que no entiendo, pero la desesperación en la garganta humana es un sonido universal. Acaba el vídeo y me deshago en lagrimones. ¿Y sabéis qué? Exacto, ellos no lloran.

Es entonces cuando me pongo a pensar, cuando me sobrepasa lo absurdo de la situación y cuando no entiendo nada. ¿Por qué lloramos? Nos abandonamos a la impotencia, creyéndonos inútiles y abrazando nuestra cobardía. ¿No hay nada, nada más que hacer? Si cada lágrima derramada por nosotros les fuera útil a ellos, probablemente habríamos conseguido ya la paz mundial. En cambio, no sirve ni a unos ni a otros, haciendo derroche de inanidad.

Frustrante, todo esto es demasiado frustrante. Tal vez, me vaya a llorar.

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