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Diario de un Solo Día
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Diario de un Solo Día

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No sé qué día del año 1969 era exactamente. Eso no me importa. Viajé en un abismal tubo del tiempo que algún universo paralelo interpuso entre ella y yo.

Puede que no me equivoque en que era martes… mmm sí, juraría que era un frío martes de febrero en el que decidí pasear solo. El pueblo donde vivía por aquel entonces no era excesivamente famoso por su abundante población. De vez en cuando era visitado por algún turista perdido o algún que otro mochilero en busca de agua y alimento. Era bonito, eso seguro. No obstante, cogí el viejo 600 de mi padre y me fui a la capital: centro de sueños donde los grises aún pegaban mamporrazos a estudiantes de “malas ideas”. En el trayecto en coche recuerdo que pensaba:
– ¿Para qué he cogido este trasto añejo y me estoy desplazando a esa ciudad infesta donde el frío me va a calar hasta los huesos mientras paseo melancólico recreándome en mi soledad? ¿Para qué? ¿Para qué? -Me repetía una y otra y otra vez. Aún así, no di la vuelta.

Cuando hube llegado, comencé a bajar la Gran Vía lentamente, tropezando con las personas que felizmente, ese martes, habían decidido pasear como yo; aunque el noventa por cierto acompañados por sus parejas. Bien cerca quedaba el día de San Valentín, y todos los escaparates lucían de rojo carmín, dándole falsas esperanzas a esas parejas que aún se besaban ardientes por su nuevo amor. ¿Qué sabrán ellos? Al sentir esta envidia, sospeché que me estaba volviendo un poco carcamal. ¿Seré ya un viejo verde a mis veintisiete años? Llevo boina de franela, pantalones de cuadros pasados de moda, un pull de pico blanco a lo tenista Fred Perry y un abrigo de alpaca enorme heredado de mi padre. Sí, ahora me veo de lejos y algo carcamal sí que era. No podía evitar mirar a esas muchachas que, a pesar de los cinco grados que parecía haber, llevaban sus piernas solo protegidas por unas finas medias, unas botas altas y una minifalda. ¡Ay madre! ¡Aquello no eran minifaldas comparadas con las del siglo XXI! Este hecho despertaba en mí ese deseo sexual que tanto ansiaba: adolescente, normal y sano. Por esas fechas, ya llevaba casi un año entero más solo que la una. Sí. Tuve mis relaciones. Pero ninguna encajaba con mis expectativas. Vamos, que era un garrulo y un hijo de puta, lo que antes se llamaba un puro vividor cantamañanas. Mi abuela, que en paz descanse, cada domingo cuando la visitábamos a la hora del almuerzo, me decía: “Hernán, hijo, no duermas más con el culo al aire que se te nota hasta en la cara”. Mi abuela era, además de sabia y cachonda, una roja por naturaleza y facha por condición. A mí la política me la traía floja (como dicen los jóvenes de ahora), hecho que a día de hoy sigo entendiendo del mismo modo. No leía el periódico, no me interesaba leer mentiras y desfachateces controladas por el gobierno. Aunque sí me interesaba aprender a realizar dichas falacias. De muy joven ya aprendí que en la vida si no mientes, ya se encarga la vida misma de darte unas cuantas patadas -a veces infinitamente- para que aprendas que todos mienten y que si tú no lo haces, eres un pardillo y permanecerás el último de la fila toda tu existencia. Social, lo social es mentira. Un pensamiento que escribí en mi cuaderno de notas mientras la fuente de la Cibeles rebosaba sus dulces aguas madrileñas. Me consideraba algo así como un aspirante a escritor de medio pelo. No es eso, pero me gustaba dármelas de interesante con esa libretita roja.

Decidí bajar por el Paseo del Prado. Su bulevar era y es encantador. La gente que paseaba por allí era digna de ver: señoras con abrigos de piel ostentosa que realzaban tus deseos a acariciarlos, trajes de Chanel con una feminidad enloquecedora, sombreros de fieltro verde botella y pluma de ganso que vestían las cabezas de caballeros adinerados, rodeados por sus hijos todos vestidos iguales pareciendo los hijos del capitán von Trapp. Estaba engatusado por el espectáculo que me ofrecía Madrid en los últimos años de Franco con vida.

Seguí mi paseo subiendo la cuesta de Moyano hasta llegar al parque más romántico del mundo (con esa edad, solo conocía mi pueblo, Madrid, Toledo y Benidorm). Me senté en una esquina de un poyete cerca del lago buscando algo de sol y bullicio. Leyendo mis notas y añadiendo algunas más, me terminé aburriendo de mí mismo y preferí sacar del abrigo de mi padre mi libro favorito y releerlo hasta que mis manos se helaran de frío: El perro del hortelano de Lope de Vega. Me lo he leído unas quince veces a lo largo de mi vida y los he visto en teatro unas diez. Me emociona. Es una obra maestra escrita en teatro en verso. Tristemente me veo en la piel de Teodoro, amando siempre a más de una mujer, aunque ardiendo más por la que más me daña. Justo en el momento en que Tristán presenta a Teodoro como hijo de un noble, cerré el libro. No me atrevía a leer el final feliz –lleno de mentiras, por supuesto-.

Me levanté y caminé con la intención ya de volver al coche e irme para mi pueblo, volviendo a pensar que para qué había ido a la capital. Sin embargo, aún mirando al suelo, me topé con el majestuoso Museo del Prado. Nunca me interesó la pintura. Nunca había visto ningún cuadro que me llamara la atención salvo El entierro del Conde Orgaz, del Greco, que una vez cuando era mozo nos llevaron con la escuela a verlo. Observé ese palacio gigantesco delante de mí, y mi curiosidad se desató. Nunca estudié arte. Nunca había entrado a ese edificio lleno de arte. Nunca había entendido el arte. Pero no fue solo el famoso museo lo que se postró ante mis marrones y pequeños ojos, no. Ahí estaba, una personita que lejanamente me pareció la más bella de la tierra. Me quise acercar para verla mejor y asegurarme que mi corazón no se había equivocado con ese estruendo que dio al verla, cuando se cruzó en ese mismo instante, una banda de colegiales gritando con una profesora gritando más aún intentando organizarlos con énfasis… y la perdí. ¿Cómo se llamaría? Eso me da igual. Jamás lo sabré. Apenado, lo intercepté como una señal para empezar a interesarme por otro arte que no fuese leer o escribir absurdas y ridículas notas. Decidí ver algo de Velázquez y estrenarme. ¿A quién no le gusta Velázquez? Es como estar viendo fotos enormes. Es un genio. Perfección en estado puro. Después de ver a Tiziano, Ribera, Rubens y empaparme del realismo de Velázquez, entré en una sala con cuadros de la época de las pinturas negras de Goya, su época oscura y tenebrosa, y ahí permanecía lo que marcó mi vida y ese frío martes de febrero de 1969. Me impresionó nada más entrar una pintura sobre todas las demás, la única que no era tan oscura y que presentaba un halo de optimismo: “El perro semihundido”. Entonces, me quedé parado. Me di cuenta que, junto a esa magnífica obra de arte simple y amarillenta con un significado y una belleza tan profundas que yo seguramente no llegaría jamás a entender, permanecía esa bella mujer de espaldas, observando ese mismo cuadro, en ese preciso instante, con sus inolvidables y perfectos rizos ondulados cayendo sobre sus estrechos hombros, una melena morena y rojiza a la vez, mágica como su esencia. Llevaba una falda oscura holgada a media pierna, un jersey ancho granate de cuello vuelto, unos castellanos negros y un abrigo colgado de sus finos brazos. La piel escasa que lucía de sus piernas protegidas por medias transparentes algo gruesas me erizaron la mía. Nada sexy a la lectura. Pero para mí fui en halo de misticidad que mi mente interceptó en la lejanía… dos veces. Mi corazón dio un vuelvo y fue cuando se dio la vuelta y me miró. ¿No me iba a mirar? Estaba embelesado. Ella parecía extrañada… Bajó la mirada y noté una sonrisa forzando que no lo fuera. Me armé de valor y me acerqué a ella. ¡Ay! Tenía los ojos enormes, pestañas kilométricas pintadas y rizadas, pintalabios natural en su boca carnosa y a la vez pequeña y una nariz perfectamente acorde con su cara redonda llena de graciosas pequitas. “Es ella”, me repetí, “es ella la que viendo la época oscura de Goya , me sacará de la mía”. Estuve varios segundos petrificado sin hacer ni decir nada. Solo podía mirarla y la tenía a un metro de distancia. Ella dejó de sonreírme. Me miraba directamente a los ojos esperando palabras, esperando –supongo- que no fuera un pirado acosador. Sin saberlo, como si alguien se hubiera apoderado de mi cuerpo y yo fuera una marioneta de trapo, le cogí la mano. “¿Por qué haces eso Hernán? Dile directamente que es guapa, que cómo está… Pero eso no me interesaba, solo quería pasear junto a ella”. Me siguió asombrada, con las manos fundidas en una sola. Atravesamos todo el museo y caminamos de nuevo por el Retiro. Sin hablar. Solo andábamos y andábamos a paso muy lento, como deseosos de no perdernos, como deseosos de parar el tiempo. Nos sentamos en un banco y pudimos ver el atardecer detrás del lago y los árboles frondosos del parque. El sol iba dejando una sola sombra alargada detrás de nuestros cuerpos, como si fuera la estela de nuestro primer recuerdo romántico juntos.

En una nube nos levantamos e hicimos el camino de vuelta hacia mi coche. Paseamos por la Gran Vía sonriendo sin parar y mirando atónitos los rojos escaparates. Reconozco que en cuestión de horas torné mi opinión y los adoré; mi cinismo había caído como plomo al suelo desde la terraza del edificio Metrópolis. Parecíamos dos personajes enamorados de una película muda. Cuando hubimos llegado a mi trasto, le solté suavemente la mano. Ya no sonreíamos. Con la mayor complicidad del mundo venida de ninguna parte le dije mis primeras palabras:
– Este fue el primer coche de mi padre, antes era azul pero yo lo pinté de gris.
– Y, ¿por qué de gris? – su voz era cálida y sugerente.
– Y, ¿por qué no?
– También es verdad – dijo ella riendo.
– ¿Tú de qué color lo habrías pintado?
– De rojo. Sí, rojo sería perfecto para mí. Va más con mi personalidad.
– Entonces te llevarás bien con mi abuela.

Ella se sonrojó acompañada de dulce sonrisita.

No nos hemos separado desde entonces. Ese fue el único día de mi vida. Al único amor que conseguí respetar. Ella, ella consiguió eliminar mis fantasmas, mi culpabilidad de haber dañado a mis anteriores falsos amores, me hizo entender que cuando se ama de verdad, una sola lágrima suya te arranca el alma.
– ¿Y tu abrigo? ¿No tienes frío? – Le pregunté mientras cogía de nuevo sus manos heladas.
– Creo que me lo dejé en un banco del museo.
– ¿Quieres que vayamos a por él? Vamos en el coche.
– No… creo que ya no me hace falta.
Y entendiendo su indirecta -o lo que yo quise entender-, fue cuando la besé sin pensarlo junto al 600 gris de mi padre, cuidando que nadie nos pudiera ver. Un beso sutil, con cariño, perfecto. Entonces, vi oportuno preguntarle al fin lo que supuestamente le debería haber preguntado cuando primeramente me acerqué a ella:
– ¿Cómo te llamas?
– Julia.

P.D.- Cariño, no te enfades si no recuerdo el día exacto. No te enfades si escatimo algún detalle o si exagero o invento alguno otro. Este principio de Alzheimer me vuelve loco porque no quiero olvidar el amor que te proceso. Este será mi diario de lectura cada mañana al despertar y cuando yo no pueda leerlo estarás tú o nuestros hijos para hacerlo. Menos mal que me diste mi bloc de notas que creía perdido, eso me ha hecho recordar que mi único diario eres tú, tú entera y ese día, ese instante maravilloso que por primera vez este destino me dejó verte. Mi memoria y mi reloj de arena. Te amo.

A todos aquellos que se esfuerzan tanto por querer olvidar.

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