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“Hambret” de Shakespeare.
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“Hambret” de Shakespeare.

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El arte tiene el poder de empezar una revolución sin declarar una guerra. Aunque no todas las revoluciones sean buenas, ni todas las guerras se declaren en paz.
El arte tiene el poder de la redención, del agotamiento, y de la violencia. De la contumacia. Del aforamiento en la tristeza o en la alegría. Pero nunca en la indiferencia.
El arte tiene el poder de helarte.
Y, como en la gangrena consecuente a la helada, tal vez hayas de vivir sin el miembro gangrenado si se ha dado por perdido. Aunque éste sea el corazón. O la polla. O los pulmones.
Y los tres órganos (cuatro si contamos por dos los pulmones) se dejaron ayer los 10 actores de Laboratorio en el sueño de que otro teatro es posible. Un sueño tan real que aún duele en la garganta.

“¿Acaso es posible un teatro que no duela? “le pregunto a Camilo Zaffora, entre las ruinas, el zumo de limón y el sudor que ha dejado la re-presentación de “Hambret”, una adaptación muy libre del clásico de Shakespeare que muchos madrileños hemos podido disfrutar esta semana en Nave 73.
Camilo se acaba de bajar del escenario. Está sudado y huele a endorfinas y a trabajo bien hecho. Los ojos le tiemblan y se ríe con mi pregunta.
“No es que los actores seamos adictos al sufrimiento. Es un canal que abrimos y cerramos en el escenario. Dice David Linch que al artista no debe vivir el sufrimiento, si no comprenderlo. El viaje en la escuela es tan personal que cada uno va tocando sus dolores, pero de ninguna manera queremos revolcarnos en ellos”.

Y el dolor, aunque aislado en el escenario, se amplifica con cada grito, con cada golpe, con cada mordisco de Hamlet, de Ofelia, del fantasma del padre. Aunque en realidad es mi conciencia, nuestra conciencia la que grita, la que golpea y la que muerde.
Por que eso es el teatro: el que muer(d)e de hambre(t). Y al que muer(d)es incluso cuando no puedes comer más.

Bendita sea una escuela de teatro experimental que replantean el pensamiento. Eso es lo que siempre dice Jessica (Walker). Hoy no ha podido estar en la obra”.
Jessica Walker es actriz y la directora que empezó el Laboratorio de teatro hace ya 15 años. Un lugar que se presenta a sí mismo como mitad escuela de teatro y mitad escuela de crecimiento desarrollo y auto-exploración espiritual.

Y Hambret replantea tanto que te hace vomitar. Al menos al que suscribe, que es de estómago delicado. Y todo con tierra, zumo de limón y un foco que nos decía dónde mirar.
Desnudos, vulnerables, poseídos por la codicia y las ganas de que les quieran, 10 actores jugaron a no ser marionetas en la corte de Elsinore, que bien podría ser cualquier corte en cualquier lugar del mundo.

Porque si las palabras fueran cuchillos, ayer un servidor hubiera sido asesinado con la dulce impunidad de la locura de un niño.
Y aún no sé si eso me gusta.

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