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Madrid, a veces, te salva la muerte.

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Ayer me sacaron a bailar y bailé hasta que me dolió respirar.
Ayer también canté. Canté con ganas, con fuerza; fui un espectáculo. Canté hasta que me dolió la garganta y no podía tragarte más.

Ayer estuve andando por Madrid,

mientras cantaba e iba agarrada del brazo de uno de ellos,

y no estaba pensando en ti.

Ayer no lloré, aunque me seguías doliendo y me invadías, de vez en mucho, la puta cabeza.
Ayer me regalaron un par de rosas y un par de sonrisas que me hacían falta.
Ayer cené y bebí, y volví a beber y me regalaron abrazos, risas y paseos por el centro de Madrid, mientras el frío se comía mis piernas y mis pies se morían poco a poco porque el invierno asaltaba mis extremidades, congelándome hasta el vestido que no llevaba.

Ayer me sacaron a bailar y bailé con todo mi corazón.

Ayer me reí tanto que me dolía la boca del estómago, y toda la rabia se esfumaba y me vencía la sensación de un golpe de buena suerte. Siete golpes por sus siete sonrisas.

Ayer no lloré.

Ayer bailé, canté, sonreí, bebí; y, por un momento, no pensé en ti.

Y ese momento, ese desliz de sensaciones que me conquistaba, vale por todos los que sí pienso y tengo que rehacer todo lo que has jodido a tu paso.

Ayer, después de mucho tiempo, no lloré.

¿Y sabes qué?

Fue por ellos, y por todas las risas, y las rosas, y las canciones, y los bailes, y la cerveza, y el frío y, por lo que sea, pero cada día estás más lejos, y estás consiguiendo que yo me vaya, que no vuelva, que no quiera quedarme.

Ayer me metí en la cama a las 5 de la mañana y empecé a escribir esto porque ayer no lloré, ni pensé en ti; y supongo que lo que quiero gritar es que una vez dije que ‘nada termina hasta que tú sientes que termina’, y yo ayer lo sentí.

En lo más hondo y profundo de mí, te busqué, y no te encontré. Y sonreí.

El dolor sigue ahogándome y el corazón sigue roto, y muchas canciones hablan de ti ‘y no veas qué hijas de puta son a veces’, pero ya no me quedan promesas a las que agarrarme, ni palabras, ni certezas de ese supuesto amor que me tenías.

No me queda más remedio que regalarme un respiro;

regalarme un poco de mí, sin ti.

Desaprender las ganas y desaprender las noches de ilusión.

Y es que ayer me recordaron lo que es ser feliz;

y no tuvo nada que ver contigo. 

 

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