Como el que ve llorar.

Cuando comprendí que mi nombre tenía distintos significados
según la boca que lo pronunciase,
quise quemar todos los diccionarios de mi ciudad.
Más tarde me crucé con la tuya, sonriente,
y no supe entender la diferencia entre pirómana
y ganas de arder.

Pero hoy te he visto triste y ha hecho frío en todas las ciudades.
Y yo me he hecho más pequeña y torpe.
Hoy te he visto triste, y a mí, egoísta,
lo que más tristeza me ha dado es que no haya sido mi culpa.
Entonces he querido hacer de tu pena una fiesta de cumpleaños,
manipular la comisura de tus labios,
pintarte las cosquillas con ceras de colores,
cogerte de la mano y llevarte al baile de fin de excusas,
a arrojar botellas contra tus miedos y decepciones
con mensajes que recen un «No estoy bien, pero hoy me da igual«.

Te he visto triste y tus ojos de cachorro me han mirado.
Y al hacerlo he contado los segundos que tardas en dejar de ser tú
para ser tú,
y la mujer del espejo, que soy yo,
ha salido y se ha convertido en una niña asustada
por si no es capaz de hacerte soltar carcajadas
con su risa de preescolar.

Te he visto triste y he deseado ser maga.
Sacar de mi chistera tu esperanza.
Vestirte con las ganas de salir de la cama. Meterme en ella contigo.
Apretarme contra tu pecho tan fuerte que frenase la hemorragia;
apretarte contra el mío hasta que, al verme manchada de sangre,
comprendieras que la empatía puede ser a la vez el remedio del que sufre
y la enfermedad de quien le acompaña.

Te he visto triste y he pensado que las personas tristes
no quieren que les pidan que sonrían.
Yo tampoco enseñaría los dientes a quien no le importa
si es para echarme a reír o a morder.
El llanto, sin embargo, no lo escondo;
no entiendo lo violenta que se siente la gente
cuando alguien llora.
Tú puedes hacerlo delante de mí, no voy a sacarme los ojos.
Pero sí lamería tus lágrimas.

No es una declaración de amor;
es una declaración de intenciones.
Y la promesa de que no quiero hacerte daño,
pero sí reír.

Hoy te he visto triste
y he comprendido que la diferencia entre pirómana y ganas de arder
no es más que el deseo de evaporar el agua
que, a veces, se mece en tus ojos.

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Cristina Pérez

Cristina Pérez

Más que pájaros, tengo un campo de minas en la cabeza.

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