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Canción de autocrítica ajena.
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Canción de autocrítica ajena.

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De verdad, no soporto esa ignorancia de la gente
que mira a personas como si fueran gente y no las ve.
Una vez abrí en canal a quien vivía intentando
que no me cortasen las penas.
Estaba lleno de árboles. Aún no sé si florecían
o se estaban deshojando.
Pero yo lo llamé persona aunque me encantase su nombre.
-Desde entonces no llamo gente a quien no lo es-.

Deberíamos llevar brújulas en las muñecas y no relojes;
conozco más almas perdidas que impuntuales.
A ver cuándo aprendemos que alguien llorando
no necesita un “no llores”, sólo un abrazo.
Y empatía, que es una mano en la espalda
y no una puta palmada.

Me pregunto por qué de pequeños no nos enseñan
que salir de la cama ya es de valientes
y que lo mejor para el crecimiento es un beso en la frente.
Bésale, se hará gigante.
Lo he visto en mis propios centímetros.

Por otro lado, qué esperar de quienes necesitarían verme muerta
para llevarme flores.
Que se queden el tiempo que me quitan,
que yo ya sé que no cura.

¿Sabes? El amor no es hacerlo si cuando no te entiende,
en lugar de preguntarte qué coño estás diciendo,
no te aparta el pelo de la cara
y te ríes.

Y ojalá nunca se nos olvide que no está tan solo aquel
que aún consigue disfrutar del camino de vuelta
a una casa donde nadie le espera.
Ni que sumar también son unas piernas enredadas
con otras
a cuarenta grados en pleno agosto en un sofá de tres.
El resto no importa.

En fin, yo no comprendo lo que digo
porque no tengo demasiados daños a las espaldas y en las costillas.

Pero qué va a saber esa gente que no ve y sólo mira.
Qué va a saber esa gente
que jamás en la vida
se ha dejado mirar

y ver.

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