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“A piel de flor” – Cristina Pérez
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“A piel de flor” – Cristina Pérez

La diferencia es que sólo unos cuantos viven, y otros muchos hacen vivir.

 

La ciudad más pequeña del mundo
sigue siendo la más grande
para la persona que canta sola
la canción favorita de otra.

He vivido muchas muertes en una vida muy corta
y me duele la resaca de haberlo bebido antes.

Una
y
otra
vez.

Dando vueltas en círculo como quien mira
constantemente
el reloj esperando el autobús.
No tengo frío porque estoy desnuda de sentimientos.
Me miro en cada insomnio a un espejo que he creado en mis manos,
y sólo veo líneas impasibles de leer
que quieren decirme algo que entendí en el segundo asalto al techo
de mi casa
en ruinas.

Estoy bailando de puta pena
por no llorar.

A veces me da por pensar en personas que no conozco;
me las imagino sonriendo, vivas de risa,
tiradas en el césped fumando alguna hierba,
dejándose llevar de la mano,
jugando a mantener el equilibrio en sus días
como en el bordillo.

Y me río, joder.
Y me sonrío.

Luego me imagino a la vida llorando en un rincón,
sufriendo porque la llaman puta.
Abrazándose a sí misma pensando que ella no quería,
que no era su intención herir a tantos.
Jodernos a unos pocos.

La vida no es tan triste para los que lloran;
dos personas llorando a la vez es menos dolor.

He tocado el fondo y nadie me ha abierto la puerta.
He sentido al miedo tocándome a mí,
metiéndome mano por debajo del vestido.
Y me he quedado quieta
esperando a que acabara la función
para irme sin aplaudir.

Y sin despeinarme.

Salgo a la calle a comprar pastillas para no dormir,
y lo único que veo es gente con prisa
y sin empatía.
Ya no queda ni una persona que te abrace los lunes por la mañana,
y te diga:

-Tranquila, todo va a ir mal,
pero no estás sola.

Yo qué sé.

Lo que quiero decir es que todo lo que no te mata te llena de vacío,
y muertos ya nacemos todos esperando el golpe.
La diferencia es que sólo unos cuantos viven,
y otros muchos hacen vivir.
Yo no quiero que me salven la huida,
pero si sigues mirándome así vas a salvarme la muerte;
y ojalá cada vez que señalen al cielo,
me mires a mí.

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