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La guerra nos había alcanzado
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La guerra nos había alcanzado

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A esta pequeña ciudad de las horas vacías

llegó la guerra durante la estación de las flores,

aunque aún había nieve en los portales

y madre sufría de fiebres altas cuando el sol se ponía.

Decían que era por el niño que no llegó a ver la luz ni a ser bendición.

Decían que era por el fruto podrido y el agua sin sal donde se ahogaba.

Yo plantaba hierbas en el jardín trasero

y hablaba con los insectos de cosas banales

como la justicia divina,

las manos de mi abuelo y

el hambre que molestaba agriamente a los hijos no deseados.

Nadie contestaba a mi voz en ese miserable mundo inventado.

Ahora lo comprendo,

pero en esos años era una frustración incesante,

como aquella pesadilla de las noches de tormenta

en la que yo corría angustiado tras una moneda que rodaba sobre la madera

y entonces yo también rodaba, y rodaba, y rodaba

con las manos extendidas y un grito mudo en la boca

y los dedos queriendo escaparse de mi ser.

Y al despertar, mi cuerpo era sudor helado, como la nieve aún en los portales

y la habitación era oscuridad sublime, como la justicia divina del vientre estéril.

La guerra nos había alcanzado.

Días después, la fiebre había desaparecido,

arrastrada por un fugaz silencio de golondrinas.

Madre lloraba a escondidas,

su cuerpo a contraluz arrojándose hacia la ventana cerrada

y un cerezo en llamas oculto entre sus piernas quebradas.

Yo seguía plantando cosas muertas en el jardín,

creyéndome también un dios del barro y de la sangre,

comiendo tierra mojada y aplastando gusanos con mis uñas mordidas.

Carcajadas de viento escapaban de mis pulmones,

mientras acariciaba la barriga para acallar al trueno

y comprender al mundo que me rodeaba un poco mejor.

Al mundo en guerra.

Me imaginaba invisible para los ojos de mi padre,

que en aquella época estaban desnudos y no tenían luz.

Quizá padre también lloraba,

quizá no.

Porque nunca hablábamos del frío, ni de la lucha armada, ni de la siembra, ni del destino,

en la casa que fue una piedra en el camino

y una jaula para la blanca infancia.

Sólo soplábamos a la sopa y racionábamos el pan ácimo,

“Uno para ti, medio para él, nada para mañana…”

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