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TRIÁNGULO DE AMOR BIZARRO DE UN NEGATIVO A COLOR PARISINO

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Una fotografía. Un rostro, desconocido. Un pelo rubio claro, dorado, cercano a un tono cenizo, ligeramente despeinado, rizos de oro. Unas facciones justas y benévolas definen unas arrugas ausentes en un cara joven. Una perilla moderna en la barbilla, no excedida, contrasta con unos pómulos imberbes. Una nariz chata, redondeada, limpia de poros y correcta en su trayectoria. Unas orejas pendientes del disparo que suelta la cámara, sin pendientes que adornen. Unas cejas suaves, delicadas, finas, elegantes, en lo alto de unos párpados algo caídos que esconden pestañas risueñas. Unos labios rosas, perfilados, y dulces, cerrados pero abriendo deseos y primaveras. La amenaza de una sonrisa comedida pero arrolladora se avista en el abismo donde empiezan la locura, y los besos. Un semblante calmado, lleno de paz, de sexo saciado, de naciones unidas. Una mirada azul profundo, color mar y océano, todo en uno.

Esa mirada, llena de brillo. Destellante.

Esa mirada… yo ya la he visto antes…

Es diciembre y en París el frío desata corazones hambrientos. El amor no se hace, el amor nace en el correr del Sena mientras suenan violines en cruasanes. Cafés calientes en manos frías. Anillos comprometidos con la causa de honrar a la ciudad más romántica. Rosas blancas para amores rojos, vivos, enamorados de la pasión de volar hasta aterrizar en el orgasmo justo cuando la cigüeña llama a la puerta. La Torre Eiffel se ilumina y los ojos hacen chiribitas, el efecto es inimitable. El Arco del Triunfo consigue su gloriosa victoria siendo cómplice de tantos cruces de caminos. Y Nôtre Dame aún replica con sus campanas la melodía de un sueña entre gárgolas, que se adentra hasta llegar a lo más profundo del corazón sagrado.

La vida en rosa, que entonaba Edith Piaf.

Una mano se junta a la otra. Se cuentan historias estúpidas, se intuye en el reír tonto de su noviazgo virgen. Paran en el medio de la calle, se abrazan, y se besan. Y continúan su paso. Uno, con cámara echada al cuello congela cada rincón más insulso a simple vista de la ciudad, buscando la moneda híbrida del lote en el que la arquitectura desafió a las leyes, o en que se retó con lo preestablecido y el orden, aquello que desata lo extraordinario y rescata la belleza que no merece naufragio. Él es así: híbrido, extraño, diferente al resto. El otro, a su lado, dispone de una guía llena de recomendaciones que guarda en la mochila que hasta hace un instante colgaba de sus hombros, buscando ahora marcar con cruces un mapa de anécdotas, monumentos y calles, y tesoros, jugando a ser amantes, capitanes de un barco capaz de surcar el miedo.

Son dos hombres, dos turistas, dos jóvenes prometedores, una pareja más, enamorada, saciando su deseo de ser poesía escrita en el candado sin llave de un París de poetas, de putas de molino rojo, de bohemios y ejecutivos, de libertad, igualdad y fraternidad entonando La Marseillaise.

Entran en una cafetería, se sientan junto al ventanal en el que la muchedumbre hace pasar la vida, las prisas y el frío. Al desprenderse de la correa de la máquina fotográfica de su cuello, se para en seco, y la sostiene. Ha visto algo: a ese que no soy yo que ahora le hace latir más deprisa. La enciende, y enfoca atentamente al frente. Y dispara flores y mariposas en una fotografía de invierno. Entonces, esa mirada. Una mirada azul profundo, color mar y océano, todo en uno. Esa mirada, llena de brillo. Destellante.

Esa mirada… yo ya la he visto antes…

Esa mirada te mira, en sus pupilas se aviva el fuego que una vez prendió en mi alma. Esa mirada fueron mis ojos mirándote. Pesaste sobre mi cuerpo, lamiste toda mi piel hasta que me curaste todas las heridas, tatuaste de calor con tus brazos el hueco de mi espalda donde habitan los abrazos, y pasaste, al final, de largo. Sentí, quizá demasiado, tu efímera estancia sobre mis orgasmos, y te perdí el rastro en el globo terráqueo que aún permanece encendido en esta habitación fría de Madrid desde la que te escribo, por si vuelves. Ahora por fin te veo, después de tanto tiempo, en los ojos de otro, de un ser desconocido a través de una fotografía, a través de sus ojos, en su reflejo.

Lo has conseguido de nuevo: me he vuelto a enamorar de ti, en tercera persona del singular.

Él se enamora,
de ti,
y tú de él.

Y yo me quedo escribiendo el negativo a color parisino de un triángulo de amor bizarro.

2 Comentarios

  • Grax dice:

    Leerte me transporta a la imagen que ven tus ojos, me sitúa allí. Leerte es paz. Siempre.
    Ojalá poder coincidir, el lugar es lo de menos.
    Un beso enorme,
    te leo.

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